La novia del viento

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Os dejamos como colofón un hermosísimo texto de Antón Castro, que cuenta la historia de un fotógrafo de sus libros, Manuel Martín Mormeneo, gallego, que se quedó aquí para siempre, porque descubrió fascinado que Zaragoza, la novia del viento, es también la ciudad de las mujeres.

LA ZARAGOZA DE MANUEL MARTÍN MORMENEO

Antón CASTRO

El lema de la ciudad donde nací es: «Aquí nadie es forastero». Cuando vine a Zaragoza por primera vez, en junio de 1978, no se me había pasado por la cabeza que esa leyenda también pudiera aplicarse a La novia del viento, tal como la definió Eugenio d’Ors. Vine aquí por azar y me quedé por determinación. Me encargaron un reportaje fotográfico sobre los diversos mercados de la ciudad, en especial el Mercado Central, el Mercado de Santo Domingo y el Mercado de Pescados de Delicias. En la empresa me dijeron: «Tómate tu tiempo». Así lo hice. Y empezaron a pasarme cosas que me hicieron apropiarme, íntimamente, de la ciudad. De entrada, me pareció una ciudad que debe ser recorrida a pie. Me iba desde una punta a otra por el placer de andar, de conocerla, de encontrarme con la gente en las calles. Lo mismo aparecía en el Jardín de Invierno que en los entonces pobres jardines de la Aljafería; igual me internaba por el Pasaje de los Giles que avanzaba, cuando caía la noche, hacia el Pilar con la sensación de que ingresaba en la atmósfera de Las mil y una noches; lo mismo visitaba a los chatarreros de la calle Boggiero que las tiendas pintorescas de San Pablo o los bares para noctámbulos de Casta Álvarez. Había uno que se llamaba La taberna del mar y se llenaba de legionarios, de charlatanes, de náufragos tierra adentro. Allí tuve mi primera casa, el día que decidí dejar el hotel. Y en el piso de arriba, conocí a otro nuevo zaragozano. Era un alemán de Heidelberg que me regaló las obras completas de Los Beatles grabadas en voluminosas cintas de magnetófono. A veces hablaba de su ciudad, de la universidad, de los vergeles, de la simetría de las calles y las torres, de filósofos como Martin Heidegger, «tan vivo en España», y de poetas como Friedrich Hölderlin, su preferido, pero siempre acababa diciendo: «En realidad, no tengo nostalgia. Aquí se está muy bien». Fue el primer extranjero que conocí en Zaragoza. Más tarde, mientras daba clases particulares en Kasán a dos hermanos gemelos, hijos de gallegos de Lugo, entablé relación con un chileno, Juan Carrillo, que había sido camarada de Salvador Allende y había compartido una mujer fogosa con Pablo Neruda. Solía decir que esta ciudad de cierzo y de lunas grandes de patata cocida no era Santiago ni Valparaíso, pero que ya no la cambiaría por nada.

Recuerdo que salíamos todas las noches de exploración: íbamos a los bares de las gasolineras abiertas, a algunas ventas a recenar, al Parque Grande, a los pubs, deambulábamos por las calles, allá donde había gente que charlaba y fumaba, aunque siempre terminábamos en el mismo sitio: en algunos de los puentes que cruzan el Ebro ante las torres que arañaban un cielo de nata y mar turbio. Me dijo una vez: «¿Por qué te afanas tanto en esas piedras, huevón? Tienes que aprender a mirar. Esta ciudad, incluso de noche, es una fiesta si sabes robarle las fotos». Tuvo un reencuentro con una amante del pasado, en un bar que se llamaba El Recuerdos, y decidió marcharse a Alicante, donde ella vivía. Me entregó sus documentos, algunos libros y los cuadernos de su diario en una caja grande de cartón, y me dijo: «Una mujer es preferible a una ciudad. Siempre he perdido la cabeza por las amantes de los escritores, y ésta fue novia y enfermera de Julio Cortázar. Echaré de menos Zaragoza. Cuando tenga casa te escribo y me mandas esto». Jamás he sabido nada de él. Y le guardé la caja durante mucho tiempo: la llevé tres veces de mudanza, hasta que decidí arrojarla a la basura. Confieso que también me intrigaba su historia de amor; cuando murió Cortázar en 1985 lo primero que hice fue pensar en la amante que compartía con mi amigo: Davinia Rojas. Traductora de ruso y una magnífica nadadora, según él.

Decidí quedarme. Ya había logrado montar mi primer estudio y había adquirido una casa más amplia en Estudios 11-13. Allí experimenté la sensación de que la ciudad vivía en la calle, con sus olores, con sus gritos. Me gustaba el ajetreo de la gente casi insomne, los bares tomados, las notas de flamenco a cualquier hora, las tertulias improvisadas, la proliferación de tribus urbanas. Algunos meses después, recibí un encargo muy curioso: debía hacer fotos de los cuadros de un artista inglés llamado Philip West, que había instalado su estudio en la calle San Miguel. Iba y venía del trópico y la selva y los llanos de Venezuela a Zaragoza, y era un navegante de la noche en bares como Bohemios. Extremadamente tímido y misterioso, pintaba cuadros surrealistas vinculados a los animales, a los insectos, a Franz Kafka. O eso pensaba entonces. Lo visité en su estudio durante dos semanas. Nos hicimos tan amigos, que me presentó a los miembros de su tertulia de intelectuales británicos en Zaragoza, y luego a sus amigos españoles de Bohemios, todos ellos grandes bebedores. El último día de trabajo, me despidió con un libro de artista, publicado en Norwich en 1988, y con esta dedicatoria textual: «Para Manuel Martín Mormeneo, que ha descubierto que en Zaragoza se está como en ningún sitio».

Debajo de mi casa, vivía un mozambicano que tenía cuerpo y alma de campeón de boxeo que huye del cafetal, que se había casado con una mujer dulce de Azaila; lo vía volver de las obras con un gesto de felicidad que envidiaba. Ella tenía unos ojos increíblemente verdes y acuosos. Siempre me llamó la atención la hospitalidad inadvertida de Zaragoza: uno llega, se queda, se integra de inmediato y disfruta de una ciudad acogedora que no se acaba nunca. Hoy se te aparece de golpe la vida secreta de los chinos o los japoneses; mañana te enteras de los ritos gastronómicos de los libaneses y de su pasión por los pasteles; otro día descubres la gran familia de ecuatorianos que toman el parque del Tío Jorge o esa multiplicidad de razas y colores que ha transformado la calle Conde de Aranda en la calle de la alegría, según algunos, o en la calle de todos los peligros y desórdenes, según otros. Los zaragozanos modelan su existencia junto a estas nuevas vidas, a estos nuevos hábitos, con pasmosa naturalidad. La ciudad aquí es un espacio de libertad, el territorio de la memoria, el fértil solar que se abre al porvenir.

Yo también me siento de aquí, hermano de la multitud, hermano anónimo de tanta gente que pasea cuando se desploma la tarde. Ciudadano de Zaragoza, ciudadano del mundo desde Zaragoza. Cuando llevaba aquí seis meses, me escribió mi madre una carta pidiéndome explicaciones, una carta que podría resumirse en un «¿Cuándo vuelves?». La llamé por teléfono, y le dije que quizá no volviera nunca porque Zaragoza, la novia del viento, también era la ciudad de las mujeres, y eso siempre es fascinante para un fotógrafo. Le prometí llamar a diario y pedir disculpas, y le dije que había conocida a una muchacha especial: Celia. Le expliqué como era: morena, de media estatura, entre 1.60 y 1.65, había estudiado composición y dirección musical y daba clases en una academia; le añadí que era muy dulce, que sabía las vidas de los compositores de principio a final, su favorito era Ígor Stravinsky, que le apasionaba el cine y el teatro, que había estudiado un poco de cocina y que sabía posar como nadie. En mi nueva profesión de fotógrafo artista y no reportero, «esta vez definitiva», le decía a mi madre Luz Mormeneo, Celia ya es imprescindible: como compañera, como modelo y musa y como ayudante de laboratorio; se había convertido en una experta en revelado y en positivado de copias de mediano y gran formato. «Y además de Celia –añadí-, me siento como en casa. Aquí nadie me ha hecho nunca sentirme forastero».

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